
Al principio, Minerva no entendía por qué su padre la había metido en la Academia de los Skeelz. No tardó mucho en darse cuenta de que había heredado de su madre su sangre maldita milenaria: todos aquellos que la miran a los ojos acababan transformados en piedra. Y por ello, no ha sido fácil para esta adolescente echarse novio, a menos que incluyamos a las estatuas griegas en esta categoría…
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